EL CABALLO
DE RODOLFO FIERRO
La
fama de asesino que se ganó Fierro durante la revolución contrasta con el
carácter jovial y juguetón que mostraba en su juventud. Tan es así que sus
padres siempre tenían quejas contra él, ya fueran de sus hermanos, de sus
amigos o aún de desconocidos pues para Rodolfo cualquiera era buena víctima
para sus bromas.
“Ya más grandecito, Don Gumersindo, su padre, le regaló a
Rodolfo un hermoso caballo: Pinto. El color del animal quedaba de
manifiesto en su nombre. La coincidencia de caracteres fue tremenda: tan
salvaje el uno como el otro. Rodolfo aprendió a montar de una manera estupenda;
se amarraba con las piernas a los costados del animal de suerte que parecían
ser uno solo. Por su parte el caballo se volvió mañoso: tan pronto se mostraba
obediente y tranquilo como encabritado y violento, tirando tarascadas a diestra
y siniestra mientras se retorcía como una lombriz para luego emprender una loca
carrera y no había más forma de controlarlo que a golpes. Esta experiencia le
sirvió a Rodolfo para convertirse en un excelente jinete, montando siempre con
mucha gallardía.
A medida que crecía, Rodolfo se volvió aún más juguetón y bromista
y el foco de sus travesuras dejó de circunscribirse a sus hermanos para
extenderse también a sus amigos. Uno de sus mejores amigos se llamaba Álvaro
Vega; su amistad se fincaba en el hecho de que él y Rodolfo eran novios de dos
hermanas. Un día fueron ambos a bañarse al río; estando ya desnudos dentro del
agua Rodolfo le pidió a Álvaro que le hiciera el favor de traer a su caballo
Pinto para bañarlo, el cual había dejado amarrado a la orilla. Álvaro acudió de
buena gana, desató al animal y lo montó para meterlo en el río. Apenas
acercarse al agua, Rodolfo, que había tomado una vara, comenzó a fustigar al
animal a la vez que daba voces de manera tal que Pinto salió asustado a todo
galope con rumbo a la casa de sus novias, a donde tenía ya la costumbre de ir.
Fue inútil que Álvaro tratara de detener al animal, y cuando se dio cuenta de
hacia dónde se dirigía y que él estaba desnudo no tuvo más remedio que saltar
del caballo. Para su desgracia lo hizo en el momento en que pasaban cerca de
unos nopales por lo que acabó cubierto de tierra y aguijoneado por algunas
espinas. A pesar de sus bromas, a veces un tanto pesadas, Rodolfo tenía el
carisma para siempre terminar perdonado.”
Tomado de: EL RECOLECTOR DE ALMAS La vida del general Rodolfo
Fierro
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